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Full text of "Pelos y señales : comedia en un acto y en prosa"

8 418 



EL CHISTE. 



COLECCIÓN 
DE OBRAS CÓMICAS Y DRAMÁTICAS. 




PELOS Y SEÑALES, 



COMEDIA EN UN ACTO Y EN PROSA 



D. EDUARDO INZA. 



MADRID.— 1873. 



ADMINISTRACIÓN: TEATRO DE VARIEDADES. 

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Digitized by the Internet Archive 
in 2013 



http://archive.org/details/pelosysealescome2699inza 



PELOS Y SEÑALES. 



PELOS Y SEDALES, 



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COMEDIA EN UN ACTO Y EN PROSA 



D. EDUARDO INZA. 



Estrenada con gran aplauso en el Teatro de Variedades 
la noche del 27 da Enero de 1813. 






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SOil 

IMPRENTA DE DIEGO VALERO. 



MADRID: 187 



SOLDADO, 4. 



PERSONAJES. ACTORES. 

_ _ 

LUCIA. . D. a Consuelo Torrecilla... 

RUFINO. . D. José Valles. 

VENANCIO Juan José Lujan. 

Sr. de SARRACINA. . . Mariano Martínez. 



La escena en Madrid. Época actual. 



Nota. El pensamiento de este juguete e8 el de la comedia france- 
a titulada üh Maitre en service. 



La propiedad de esta obra pertenece a la galería 
cómico-dramática titulada El Chiste, y nadie podrá, 
sin su permiso, reimprimirla ni representarla en Es- 
paña y sus posesiones de Ultramar, ni en los países 
con quienes haya celebrados ó se celebren en adelante 
tratados internacionales de propiedad literaria. 

Los comisionados de la indicada galería son loa 
exclusivos encargados del cobro de los derechos de re 
presentación y de la venta de ejemplares. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



ACTO ÚNICO. 



Sala decentemente amueblada. Puerta al fondo y laterales. A la de- 
recha, en segundo término, chimenea. A la izquierda, en primer 
término, un balcón. Al levantarse el telón, aparecen Rufino y 
Lucía: aquel paseándose agitado; esta sentada cerca de un velador 
en primer termino izquierda. Se ocupa en bordar unas zapatillas. 



ESCENA PRIMERA. 



LUCIA, RUFINO y VENANCIO, entrando por el foro. 



VEN. Señor, El Trueno Gordo. (Trae en la mano un perió- 
dico.) 



¡Qué? 



Luc. 

Ruf. 

Ven. Nada, Ave María! que aquí tiene usted el perió- 
dico. 

Ruf. Venga. Calle! y tiene rota la faja! Quién le ha 
abierto? 

Ven. Yo, para leerlo antes que nadie. 

RUF. (Guardándose en el bolsillo de la bata la faja.) Pues me 
gusta! Bien, hombre, bien, con franqueza! 

Ven. Toma, ya lo creo! de algo me habia de servir el 



— 6 — 

haberle conocido á usted hace veinte años, cuando 
era usted un monicaco, como quien dice, y sobre 
todo, que para lo que trae ese papelucho.,. 

Rüf. Traiga lo que quiera, estamos? 

Ven. Sí señor; pero créame usted á mí; no trae nada 
de provecho. 

RüF. Vamos á ver si callamos. (Dando un golpe en el vela- 
dor y sentándose á leer.) 

LüC. Ay Rufino, qué humor tienes hoy! tan solo para 
comer y para beber se ha abierto tu boca mientras 
hemos almorzado, y ahora... 

Rüf. Ahora, como entonces, mi silencio es muy elo * 
cuente. 

Ven. Claro! y oveja que bala... 

Rüf. Venancio! Venancio!... (pausa.) 

Lee. Trae algo bueno ese periódico? 

RüF. No! {impaciente.) 

LüC. No trae versos? 

Rüf. No! 

Lüc. Entonces estará poco divertido. 

Rüf. Poco. 

Lüc. Ay hijo! hay que sacarte las palabras con tira- 
buzón. Sabes, Rufino, que de poco tiempo á esta 
parte me pareces otro? 

Rüf. Con que te parezco otro? (Quién será ese otro?) 
(Afectando indiferencia.) Pues no hay motivo, hija 
mia; yo soy siempre el mismo. 

Lüc. Podrá ser; pero yo observo en tí algo que no acier- 
to á explicarme. 

Rüf. Es natural: como que no tengo nada, (se levanta.) 

Luc. Eso será. 

Ven. Justo: aprensiones de gente rica, 

Rüf. Venancio, eres un animal. 

Ven. Convenido, (vuelve á sus quehaceres.) 

LüC. Vas á salir hoy, Rufino? (Mirando por el balcón.) 

Rüf. Tal vez; y sobre todo, si quieres que te traiga 
algo... por complacerte saldré. 



— 7 — 

Luc. Muchas gracias; lo que es hoy no tengo necesidad 
de nada. 

Ven. (a Rufino.) (Dígale usted ahora lo de la carta, á ver 
por dónde sale.) 

Ruf. Te lo decía también, porque como pudieras haber 
escrito alguna carta, á nadie mejor que á mí po- 
días confiarla para echarla al correo. 

Luc. Desde luego; pero como no he escrito ninguna, 
claro es que no necesito que la lleves ni tú ni 
nadie. 

Ven. (Ay, ay, ay! Quien no te conozca que te compre.) 

Ruf. Es claro 5 si no la has escrito... 

Luc. Precisamente. 

Ruf. Justo, (caminando de tono.) Siendo así no salgo: ten- 
go que ajustar algunas cuentas y me quedo. 

Luc. Me alegro. Hasta luego, señor... reservado. 

Ruf. Hasta luego, señora... susceptible, (váse Lucía por 
la puerta lateral derecha.) 

ESCENA II. 

RUFINO y VENANCIO. 

Hüf. Oye, Venancio. 

Ven. Señor. 

Ruf. Vamos á ver: repite ahora, si te atreves, la canción 
con qué me has ido esta mañana. Ya has oido que 
la señorita no ha escrito á nadie. Qué dices? 

Ven. Que la canción no la repito, porque no he cantado 
nunca, pero sostengo lo dicho: la señorita ha es- 
crito una carta. 

Ruf. Quién te lo ha dicho? 

Ven. Nadie; yo que lo sé. 

Ruf. Venancio, habla claro, ó te rompo el alma. 

Ven. Hablaré claro. Usted quiere que hable? 

Ruf. Te lo mando. 



Ven. Señorito, usted sabe que le he conocido hace vein- 
te años, cuando era usted un monicaco... 

Ruf. Venancio, que te rompo... (Agarrando una silla.) 

Ven. No siga usted: entendido. Pues bien; usted sabe 
que le tengo ley, y por eso... 

Ruf. Acabas...? 

Ven. (Afectando misterio.) Esta mañana, á las nueve y 
siete minutos, ha llamado la señorita á mi mujer r 
y poniéndola en la mano una carta y un Amadeo, 
la ha dicho en voz baja, así: (Bajando la voz.) «En- 
seguida que almuerces, lleva esta carta á donde 
sabes: entrégala en propia mano, y sobre todo, 
que no sepa nada el señorito.» 

Ruf. Estás seguro de que mi mujer ha dicho eso? 

Ven. «Y sobre todo... que no sepa nada el señorito.» Así 
mismo, sin quitar ni poner una sílaba siquiera. 
Ah! y luego como para remachar el clavo: «Ten 
entendido que no te perdonaré nunca la menor in- 
discreción ni la más mínima torpeza en este asun- 
to.» Y pensar que hace un momento, aquí, lo ne- 
gaba á pies juntillos! Las mujeres son todas... 

RüF. Basta. (Paseando.) 

VEN. (Siguiéndole; con entonación cómica.) Basta, es verdad. 
Rasgos de esta especie no necesitan comentarios, 
como dice ese periódico. 

Ruf. Dame el gabán y el sombrero enseguida. (Venancio 
sale puerta izquierda, y vuelvo con los objetos pedidos.) 
Este Venancio con sus cuentos acabará por hacer- 
me celoso como un Ótelo. (Se quita la batay el gorro, 
y los coloca sobre una butaca. Venancio lo ayuda á vestir. ) 

Ven. Por supuesto, que usted [ya sabrá lo que tiene que 
hacer? Salir un minuto después que mi mujer, y 
seguirla muy de cerca sin perder pié ni patada. 
No es eso? 

Rüf. Ya van con hoy tres di as que no hago otra cosa 

que ir pisando los talones á tu mujer. 
Ven. Como que es lo único que á usted le interesa. 






— 9 — 

Cuando ella vuelva, vuelva usted también. Si se 
la acerca alguno, si la habla, repárelo usted, no 
pierda usted ningún movimiento sujo. Sobre to- 
do, observe usted si enseña los dientes á alguien. 
Es tan tentada de la risa la grandísima condena- 
da!.. (Rufino pasea seguido de Venancio que le cepilla, y 
a quien no escucha.) 

Rüf. Es imposible que mi mujer (preocupado.) me enga- 
ñe; pero entonces, á qué viene el ocultarme que 
ha escrito esa carta? Y á quién va dirigida? Ah! 
yo lo sabré. 

Ven. Vamos señorito, (volviendo del foro.) en marcha; 
Gregoria se está poniendo la mantilla. 

Rüf. La culpa me tengo yo de llevarla al teatro y á pa- 
seo con tanta frecuencia. La verdad es que des- 
pués de cuatro años de matrimonio, y no teniendo 
hijos, qué nos hemos de hacer en casa... Sin em- 
bargo, el refrán lo dice: «La mujer casada...» 

Ven. Las piernas rotas. 

RtiF. No es eso precisamente; pero... adiós. 

Ven. Mucho ojo! señorito, mucho ojo! (a la puerta.) 

ESCENA V. 

VENANCIO, bajando á la escena. 

Ven. Convengamos en que soy un tunante! Ya lo creo. 
El amo no hace otra cosa que llamarme animal: 
que si quieres! Animal! Quién será más de los 
dos? Ustedes juzgarán. Yo soy viejo, achacoso, y 
por mis pecados, marido de una mujer joven más 
alegre que unas castañuelas, y que todo el dia se 
lleva danzando por esas calles con recados de la 
señorita. Como no puedo ir tras de ella, pasaba 
cada berrinche antes, que me llevaba el mismísi- 
mo demonio; porque mi mujer, sin agraviar á na- 
die, es más comunicativa que el vino, y más com- 
b ustible que el mismo petróleo. Ya iba á estallar 



— 10 — 

de rabia, cuando se me ocurrió el pensamiento de 
hacer que la siguiera el amo siempre que saliese 
sacándole antes de tino con mis embustes respec- 
tive á la señorita. La verdad es, que le traigo co- 
mo á un zarandillo; pero, á mí qué? Yo estoy 
tranquilo, y caiga el que caiga. Cuando digo que 
eres un tunante, Venancio! Bien mirado, no ten- 
go ley al pan que como, y el dia menos pensado 
me van á ahogar los remordimientos. Pobre seño- 
rito! Y hay que hacerle justicia, eso sí; no pierde 
de vista á mi mujer, y cuenta hasta los pasos que 
dá: se porta como un caballero... Pero el pobreci- 
to padece como un condenado; claro! Desconfia 
de su mujer, y anda que bebe los vientos, y ni co- 
me, ni bebe, ni sosiega. (Transición brusca.) Venan- 
cio!., eres un infame! Mientras tú te regodeas y 
te ensanchas, tu amo, el amo que te dá de comer 
hace veinte años, se achicharra la sangre y se con- 
sume por tu culpa. Venancio!., mereces que yo 
mismo te retuerza el pescuezo! 

ESCENA IV. 

DICHO y LUCIA. 

Luc. Venancio. 

Ven. Señorita? 

Luc. Y tu amo? 

Ven. Ha salido. 

Luc. No lo comprendo: dijo que se quedaba en casa 

hoy, que no salia... 
Ven. Sí, lo dijo: pero habrá cambiado de idea como los 

sabios: puede que el señorito sea un sabio. 
LUC. (De pié junto al velador, devanando un ovillo de estambre.) 

Sabes si salió mucho después que tu mujer? 
Ven. (No lo quiera Dios.) Talmente pisándola los ta- 



— 11 — 

Luc. Ya me lo figuraba yo! Te dijo dónde iba? 

Ven. A mí? no señora. Además, como no soy curioso, 
nunca hago semejantes preguntas. 

Luc. Oye, Venancio: no te llama la atención que siem- 
pre que sale de casa tu mujer, sale en seguida el 
señorito? no ves en esto algo de extraño? 

Ven. (Yo sí que te veo!) Yo, no señora, porque todo el 
mundo sabe que la casualidad muchas veces... 

Luc. Sí, hace milagros... Está bien. Vete allá dentro. 

Ven. (Esta infeliz desconfia ahora de su marido, y todo 
por mí. ¡Venancio, te lo repito, eres más que infa- 
me, eres un monstruo! (váse puerta izquierda.) 

ESCENA V. 

LUCIA. 

Luc. Si se habrá enamorado mi marido de la doncella? 
Tendría que ver! La verdad es que hace dias que 
sale siempre de casa al mismo tiempo que G-re- 
goria. Ese necio de Venancio nada sospecha. ¿Es- 
tará ciego, q fingirá no ver? Es preciso averiguar 
qué es lo que hay aquí interrogando á Gregoriá, 
por supuesto, con tino. Por sí ó por nó la tal coin- 
cidencia en las horas de salida de ella y de Rufino 
me extraña mucho. Tengamos calma sobre todo, y 
ello dirá, (se abre con estrépito la puerta del foro y en- 
tra Rufino descompuesto. Arroja sobre una silla el som- 
brero y comienza á dar paseos. Lucía retrocede asustada 
hacia la izquierda.) 

ESCENA VI. 

RUFINO. LUCIA. 

LüG. Ave-María, hombre, qué susto me has dado! Va- 
ya un modo de entrar! Pero qué tienes? Pareces 
un oso. 

Rüf. Señora!... que qué tengo? y es usted quien meló 



— 12 — 

pregunta? usted?... (Pero no: tengamos pruden- 
cia.) Señora, todavía no ha llegado la hora de las 
recriminaciones; pero conste que no tardará en 
sonar. Lo entiende usted, señora, lo entiende 
usted?... 

Lüc. Me parece bien que hables de recriminaciones tú, 
cuando soy yo quien ha de hacértelas, y muy gra- 
ves. Lo entiendes, Rufino, lo entiendes? 

Rüf. Señora, cuando el descaro traspasa sus límites 
naturales, como sucede con el de usted, cambia de 
nombre y se llama cinismo. Si tiene usted con- 
ciencia... 

Luc. Conciencia! No te dice nada la tuya? Quieres que 
te diga el efecto que me estás haciendo en este 
momento?... El mismo exactamente que si fueras 
un ratero de esos que después de haber robado un 
reló, salen gritando los primeros «á ese! á e3e!» 
para desorientar á los municipales. Quédate en paz 
porque ya sabes que no me gusta ofrecerme en 
espectáculo á los criados, pero ten entendido que, 
te lo digo con pena, bien lo sabe Dios, ten enten- 
dido que estás loco rematado, pobre Rufino! (váse 
puerta derecha.) 

ESCENA VIL 

RUFINO, yendo tras ella. 

Rtjf. Pobre Rufino! oiga usted! qué es eso de pobre Ru- 
fino? (sentáDdose.) Es verdad, tiene razón: creo que 
voy á volverme loco. Qué descubrimiento tan es- 
pantoso! Salgo detrás de Gregoria, que sin volver 
atrás la vista atraviesa esta calle, entra en la del 
Baño, cruza la carrera de San Gerónimo, llega á 
la de Cedaceros, entra en un portal y pregunta á 
la portera: «El señor de Castellote?» Castellote, lo 
oí muy bien... «cuarto segundo» contesta aquella 
bruja: sube Gregoria, llama, abren y entra; llego 



— 13 — 

un segundo después, arranco de un tirón la cam- 
panilla, aparece como por ensalmo un criado que 
me quiere interceptar el paso preguntándome á 
dónde voy. Preguntarme á mí!! Le largo un puñe- 
tazo, y entro en el preciso instante en que Grego- 
ria estaba entregando una carta de mi mujer al 
señor de Castellote. (se levanta.) Me avalanzo á 
su pescuezo, le arranco de la mano la susodicha 
carta, le lanzo al rostro un guante y mi tarjeta, y 
salgo sin hablar palabra. Aquí está, (sacándola 
carta.) Aquí la tengo, y no me atrevo ni á tocarla! 
parece que e3te maldito papel me abrasa los de- 
dos. (Tocando la carta.) Calle! aqui dentro hay algo. 
(La abre.) Cielos! un rizo!! (Leyendo.) «Le remito á 
usted el rizo que me habia usted pedido. Sé que 
es usted un cumplido caballero, y confio en que 
sabrá usted guardar el más absoluto secreto.» 
(Cayendo en un sillón.) Qué más! Dios mió, qué mas! 

ESCENA VIII. 

DICHO y VENANCIO.— Puerta izquierda. 

Ven. Calle! ya está de vuelta el señorito? 

Ruf. No hay remedio: señor, de Castellote, vá usted á 
morir! 

Ven. Pero señorito, usted me está faltando: Gregoria 
no ha venido todavía y usted ya está aquí: eso no 
es lo tratado, francamente. 

Ruf, (Levantándose.) Atiende bien, Venancio, y haz al 
pié de la letra lo que voy á mandarte: si vienen á 
preguntar por mí uu caballero ó dos, que sí ven- 
drán, hazles entrar y diles que tengan la bondad 
de esperarme un momento. 

Ven. Está muy bien: ¿usted sale de nuevo á buscar á 
Gregoria, eh? bueno, así me gusta. 

Ruf. Oye, Yunció, tengo pendiente un desafío. 

Ven. Un desafío! 



— 14 - 

Ruf. A muerte! Acabo de insultar al hombre á quien 
mi mujer ha escrito esta mañana. Tenías razón, 
Venancio. 

Ven. (Qué horror! yo me ahogo!) 

Ruf. Salgo en busca de dos amigos para que me sirvan 
de padrinos, y de un par de pistolas. 

Ven. Pero señorito, no se puede arreglar eso con un 
par de chuletas, como se arreglan los desafíos to- 
dos los dias? 

Ruf. Calla, imbécil: no ves que he levantado la mano á 
mi adversario? 

Ven. Señorito: yo tengo remordimientos: yo le conozco 
á usted desde hace veinte años, yo no quiero que 

usted se muera. (Con aflicción cómica.) 
Ruf. Gracias, Venancio: conozco tu fidelidad, y por eso 
te recomiendo la reserva en este negocio. Adiós. 
Procura entretener á esos caballeros hasta mi re- 
greso. (Vase, foro.) 
Ven. Haré todo como usted me lo manda; vaya usted 
sin cuidado. Pero sepa usted que yo tengo remor- 
dimientos... 

ESCENA IX. 

VENANCIO. 

Ven. No me oye: esto es horrible! un desafío, y un de- 
safío á muerte como quien no dice nada. Y todo 
por mi culpa. Por mi grandísima culpa! Ah, Ve- 
nancio infame, te aborrezco, te desprecio; eres una 
vívora del sexo masculino! Y si matan al señorito, 
dónde vas á encontrar otro tan bueno, tan amable, 
que te vigile la mujer, que sufra tus achaques; 
en dónde has de ¿hallar alhaja semejante? No, el 
. señorito no debe morir y no morirá. No faltaba 
más! Yo le he metido en el berengenal: pues bieja, 
yo le sacaré, (se quita la americana que viste, y se pone 
la bata y el gorro de Rufino.) De un momento á otro 



— 15 — 

entrarán por esa puerta esos verdugos que vienen á 
buscar al mejor de los amos para matarle, (se sienta.) 
Pues bien, que vengan, que aquí estoy yo. Con- 
migo, y nada más que conmigo se las tendrán que 
ver. (Se abre la puerta del foro y aparece don Pantaleon 
Sarracina.) Zambomba, si me descuido! Y este tío 
tiene cara de pocos amigos. 

ESCENA X. 

SARRACINA, en el umbral de la puerta del fondo. VENANCIO 
sentado. 

Sar. El señor don Rufino de Bertechea? 

Ven. (Aquí está ya el verdugo número uno.) (Levantán- 
dose y saludando con extremada amabilidad.) Servidor 
de usted: yo soy; fenga usted la bondad de pasar 
adelante. 

Sar. (siempre en el umbral.) Es usted el señor de Berte- 
chea? 

Ven. Sí señor: servidor de usted... y tengo el honor..» 

(Saludando.) 

Sar. Bertechea, don Rufino. (Avanzando un paso.) 

Ven. El mismo que viste y calza. 

Sar. Con que el mismo, eh? (Bajando á escena.) Pues no 

le doy á usted la enhorabuena por ello. Supongo 

que adivinará usted el motivo que me proporciona 

el disgusto de dirigirle la palabra. 
Ven. Por más que me devano los sesos, no adivino... 

(Este tio es un cardo borriquero.) 
Sar. Pues el gerotglífico es bien sencillo. Yo me llamo 

Sarracina. 
Ven. Pues mire usted, como apellido me parece muy 

bonito. 
Sar. Y por último, soy íntimo amigo de don 

Castellote. 
Ven. También es bonito apellido Caste 1 ' 



— 16 — 

ello no me dice qué es lo que desea de mí vuestro 
amigo. 
Sar. Mejor que nadie lo sabe usted, señor de Berte- 
chea. 

Ven. Pues yo le digo á usted que no entiendo una pa- 
labra , señor de Sarracina. 

Sar. Entonces no es usted el Bertechea que yo busco: 
será usted su hermano, ó su primo, ó su pariente... 

Ven. (Sí, ó su testamentario. Aguarda un poco.) La 
prueba de que soy don Rufino Bertechea es esta. 
(Saca del "bolsillo de la bata unos papeles.) 

Sar. Y eso qué es? 

Yen. . Yarias cartas dirigidas á mi nombre, y la faja de 
un periódico á que estoy suscrito: El Truene Gordo. 

Sar. Me gusta el título. 

Yen. Se comprende. 

Sar. Pues bien; una vez que usted es el verdadero Ber- 
techea, vá usted á responder categóricamente, y 
por su orden, á las siguientes preguntas. Prime- 
ra: ha entrado usted hace media hora en el portal, 
de una casa de la calle de Cedaceros? 

Yen. Sí señor, he entrado, y q ué? 

Sar. Segunda: subió usted la escalera? 

Yen. La subí, sí señor. 

Sar. Tercera: al llegar al segundo piso, se detuvo 
usted? 

Yen. Me detuve, sí señor, y qué? 

Sar. Cuarta: tiró usted de una campanilla? 

Ven. (La tuya sí que te la arrancaría de buena gana! 
Tiré, sí señor, tiré. 

Sar. Quinta: entró usted violentamente dentro de la 
habitación? 

Ven. Sí señor, entré como... pude. 

Sar. Sexta... 

Ven. Pero esto no tiene fin?... 

Sar. (siempre con voz desmesurada.) Sexta pregunta: echó 
usted la mano al cuello de un caballero? 



- 17 — 

Ven. Poco á poco: para qué quiero yo un cuello más ó 
menos? Le eché mano al pescuezo. 

Sar. Está bien. 

Ven. Me alegro que no haya sido cosa de cuidado. 

Sar. No me interrumpa usted... Después de lo dicho, 
solo me resta añadir que en aquella habitación 
vive mi amigo don Serapio Castellote, que él es 
el insultado y que tiene la elección de armas. Cas- 
tellote, sin embargo, renuncia á esta ventaja. Sea 
cualquiera el arma que se convenga por los pa- 
drinos está seguro de matar á usted. 

Ven. Lo que es seguro, permítame usted, señor Sar- 
racina... 

Sar. Lo único que le permito á usted es que haga tes- 
tamento. Señor Bertechea, ya le veo á usté i 
muerto. Já, ja, já! 

Ven. (Pues buena vista tienes, animal.) Supongamos 
que estoy muerto, puesto que á usted le agrada; 
pero como todavía no me han enterrado, antes de 
que eso suceda tengo también que hacer á usted 
algunas preguntas. 

Sar. Hágalas; pero sea usted breve, con cien mil de- 
monios. 

Ven. Es usted casado, señor de Sarracina? 

Sar. Ha puesto usted el dedo en la llaga. 

Ven. En qué llaga? 

Sar. Lo fui: hace seis años que mi pobre Eduvigis pa- 
só á mejor vida. 

Ven. (Claro; peor que la que tendría contigo no es po - 
sible...) Pues bien; si antes de ese triste paso, mi 
apreciable doña Eduvigis se la hubiera á usted 
pegado con otro y usted lo hubiera sabido, qué 
habría usted hecho? 

Sar. Y usted lo pregunta?... Pues no me lo pregunta! 
A. ella y á él les hubiera desollado vivos, está 
usted? 

Ven. Desollado?... no señor, y... (Antes ciegues que tal 

2 



— 18 — 

veas.) Pues bien, señor Sarracina, yo, que no soy 
viudo, he sorprendido en las manos del señor Cas- 
tellote una carta de mi mujer. Francamente, cree 
usted que esto ha podido servirme de plato de 
gusto? Vamos á ver, sea usted juez. 

Sar. Ese modo de discurrir es sencillamente estúpido. 

Ven. Gracias. 

Sar. No hay de qué darlas. Ni ahora ni nunca ha pen- 
sado mi amigo en su mujer de usted. 

Ven. Pues entonces, por qué le escribe ella? 

Sar. Esa carta á que usted se refiere es la primera, digo 
más, la única que tenia que escribirle. 

Ven. Ya!... y con ella basta y sobra. 

Sar. Claro! como que no tenia otro objeto que man- 
darle el rizo que la habia pedido para la con- 
sulta. 

Ven. Un rizo! usted mismo confiesa que el asunto tie- 
ne... un rizo! el señor Castellote tiene las señales 
en el pescuezo... luego aquí hay pelos y señales!... 

Sar. Sí señor! pero sepa usted que Castellote quiere 
lavar esas señales con sangre. 

Ven. Qué horror! buena pondrá la tohalla! 

Sar. En fin, concluyamos. Qué arma elije usted? 

Ven. Qué atrocidad! (Salvemos la vida de mi amo.) S¿ 
todo lo que usted dice (que por cierto para mí es 
griego) es, como creo, la pura verdad, no hay caso. 
Señor Sarracina, hágame usted el favor de decir 
al señor Castellote, que siento mucho haber que- 
rido estrangularle, y que retiro mi mano de su 
pescuezo. 

Sar. Qué es esto? Tiene usted miedo. 

Ven. Miedo! yo miedo!! qué quiere decir miedo? (con en- 
tonación brusca.) Y si lo tuviese, vamos, sería cosa 
del otro jueves? (cambiando de tono.) pero no señor, 
yo no tengo eso; es que el desafío no entra en mi 
cálculo: prefiero dar toda clase de explicaciones á 
ese caballero. 



— 19 — 

Baií. Yo no sé si él las aceptará. 

Ven. Por probar nada se pierde, no es verdad? 

Sar. Es decir, que usted está pronto á pasar por la ver- 
güenza de escribir una retractación? 

Ven. Sí señor; soy capaz de pasar por todo... (primero 
que consentir que me pasen de parte á parte. ) 

Sar. Pues coja usted una pluma y escriba. 

Ven. (sentániose al velador.) (Con tal que ahora no venga 
el señorito.) 

SAR. Estamos? (Paseando.) 

Ven. Sí señor. 

Sar. Andando, pues. 

Ven. «Andando... pues...» (Escribienio.) 

Sar. Pero hombre, qué hace usted? 

Ven. Escribir, hombre! qué quiere usted que haga? 

Sar. Pero alma de cántaro , sí no he empezado aún á 
dictar. 

Ven. Pues eso se advierte antes, (coje otro papel.) 

Sar. Andando! «Señor don Serapio Oastellote; muy se- 
ñor mió de mi más distinguida consideración y 
profundísimo respeto.» 

Ven. (Eche usted y que no se derrame. Despáchate á 
tu gusto, puer^o-espin!) «Respeto...» 

Sar.» «Confieso, reconozco, declaro y proclamo en alta 
voz, que me he portado con usted como el hombre 
más canalla del mundo...» 

Ven. Esto de «el más canalla del mundo» es algo fuer- 
te; le parece á usted que suprima el mundo? 

Sar. Deje usted el mundo como está, ó de lo contrario, 

antes de una hora se verifica el duelo. 
Ven. Adelante entonces, adelante. 
Sar. Siga usted. «Y por lo tanto, le suplico hincado de 

rodillas...» 
Ven. Esto de «hincado,» no le parece á usted fuerte? 

Mejor sería puesto. 
Sar. Hincado!!! 
Ven. Bueno, hombre, bueno! «De rodillas.» 



— 20 — 

Sar. «Que acepte generoso esta humilde retractación, y 
me conceda mil perdones.» 

Ven. No le parecen á usted muchos perdones? Yo creo 
que con algunos menos... 

Sar. Si quita usted uno solo le machaco el cráneo! 

Yen. Basta! Ahí van «dos mil perdones.» 

Sar. Ahora la fecha, y firme usted con su nombre y 
apellido. 

Ven. (Y delito que ha cometido.) Ya está. 

Sar. Venga esa carta. (Después de leerla.) En materia 
de ortografía no hay nada que hablar; no existe. 

Ven. Es porque la desprecio... la emoción... Póngase 
usted en mi lugar á ver.., 

Sar. Yo en el lugar de usted! Antes que firmar una 
carta semejante, me cortaría yo mismo las dos 
manos, una tras otra. 

Ven. Una tras otra, usted mismo!., quiá, hombre, quiáí 

Sar. Me marcho á llevar la carta á Oastellote: pida us- 
ted á Dios que se dé por satisfecho. 

Ven. Pues querer más sería avaricia. 

Sar. Señor Bertechea, si guarda usted el dinero como 
las espaldas, debe usted ser poderoso. Abur: qué- 
dese usted con Dios ó con el diablo , me »s igual. 
(Váse por el foro.) 

ESCENA XI. 

VENANCIO. 

Ven. Pues á mí no, pedazo de bárbaro! (Quitándose u 
bata y dejándose puesto el gorro.) Lo principal es que 
este asunto quedara arreglado, y ya lo está. Mi 
amo vigila por mi honra, y en cambio yo le salvo 
la vida; estamos en paz... Venancio, eres un ca- 
ballero! Ahora lo que me conviene es saber si ha 
vuelto Gregoria. Pero calle!... el señorito. 



— 21 - 
ESCENA XII. 

VENANCIO, fRUFINO. 

Ruf. Venancio! 

Ven. Señorito. 

Ruf. Pero hombre, te parece regular... Qué confianzas 

son estas? (Quitándole el gorro.) 
Ven. Ah! perdone usted, señorito, pero como hace 

veinte añcs que le conozco á usted, cuando era 

casi un monicaco... 
Ruf. Ese caballero que me he encontrado en la escalera 

salia de aquí? 
Ven. De aquí no señor; por aquí no ha pasado un alma. 
Ruf. ¿No han venido los padrinos de mi adversario? 
Ven. Ni moscas, no señor. 
Ruf. Los mios estarán aquí dentro de un cuarto de 

hora. 
Ven. Pero señorito, de veras quiere usted todavía que 

le maten? 
Ruf. Silencio! métete en tus negocios y di i la señorita 

que venga. 
Ven. No hay necesidad; aquí está. (Si habrá venido 

Gregoria?) (Vasepor la izquierda.) 

ESCENA XIII. 

RUFINO, LUCIA. 

Ru?. Señora! Napoleón lo ha dicho: «La ropa sucia s-e 
lava encasa.» 

Lucia. Y esa cita, á qué viene ahora? 

Ruf. Viene á que yo que, participo de la opinión de 
aquel grande hombre, no pienso acudir á los tri- 
bunales. Mejor me pongo delante de un canon 
que delante de un curial. Por consiguiente, nos. 
separamos amistosamente. 



— 22 — 

Xucia. Separarnos! 

Ruf. Usted se irá á casa de su madre. 

Lucia. Pero estás loco? 

Ruf. Cuerdo y muy cuerdo. 

Lucia. Entonces espero que me expliques... (sentándose.) 

Ruf. Es inútil: las explicaciones solo servirian pa- 
ra hacer más profundo el abismo que usted ha 
abierto entre los dos. Afortunadamente no tene- 
mos hijos; lo que antes pudiera parecer desgra- 
cia, al extremo á que hemos llegado es una suer- 
te, ¿qué les contestaría yo ahora á esos inocentes 
cuando me preguntaran por su madre? 

Lucia. Rufino; Leganés será contigo. 

Ruf. Cuando yo me muera, que no tardaré, puede us- 
ted casarse si gusta con su amante. 
Lucia. Con mi amante? yo! qué estás diciendo? 

Ruf. Sí, y entonces podrá besarte, no digo un rizo, sino 
todos, si le da la gana. 

Lucia, la! Ahora lo comprendo todo. Siguiendo la agra- 
dable costumbre que ha tomado usted hace dias, 
esta mañana ha seguido usted a mí doncella, y 
ha levantado usted ese castillo de naipes sobre 
una sospecha tan absurda como ridicula, y que 
no es otra cosa que un pretexto para alejarme de 
esta casa. Con una sola palabra podría sincerar- 
me, pero no la pronunciaré. Me iré á casa de mi 
madre, y así le dejaré á usted libre con la indig- 
na rival con que ha tenido usted la desvergüenza 
de sustituirme. Adiós, y hasta nunca. 

ESCENA XIV. 

RUFINO, después VENANCIO. 



Bof. Una rival! qué dice! pero ya caigo! Lo que ella 
me atribuía antes, lo pone ahora en práctica. Gri- 
ta «al ladrón» para librarse de la acción déla jus- 



— 23 — 

ticia. (Mira el reió.) Pero el tiempo corre y los tes- 
tigos de ese señor Castellote no vienen. 

Ven. Señorito; señorito! (Entrando por la izquierda.) Gre- 
garia vá á salir otra vez. 

Ruf. Bueno; que vaya con Dios. 

Ven. ¿Qué es eso de que vaya con Dios! no señor; es 
necesario que usted la siga: el trato es trato. 

Ruf. Cómo el trato! ! qué trato es ese? 

Ven. Toma! que yo vigilaría á la señorita y usted á mi 
mujer. 

Rüf. Si no te largas de aquí en seguida, te estrangulo! 
Habráse visto mayor animal! Si estás celoso de tu 
mujer ahórcate!... á mí qué se me dá? 

Ven. (A mí qué se me dá! Haga usted favores! Cómo 
ha ser! Me ha salido ingrato.) (vase por el foro á 
tiempo que entra Sarracina.) 

ESCENA XV. 

RUFINO, SARRACINA. 

Ruf. Caballero, vendrá usted tal vez de parte del señor 
Castellote? 

Sar. Efectivamente. 

Rüf. Y viene usted solo? 

Sar. Sí señor, lo mismo que antes. 

Ruf. Qué, usted ha venido aquí antes? 

Sar. Sí, señor. (Este será el padrino de Bertechea.) 

Ruf. Entonces era usted quien me encontré en la esca- 
lera? Siento haberle molestado obligándole á 
volver. 

Sar. Yo también siento que se haya usted incomodado, 
siendo así que todo está arreglado. 

Ruf. Cómo arreglado?... Me extraña, siendo como es su 
amigo de usted el insultado. 

Sar. Efectivamente; pero como el señor Bertechea se 
niega á ir al terreno... 

Rüf. Que se niega! Quién es capaz de suponer seme- 
jante cosa? 



— 24 — 

Sar. Yo no lo supongo, porque él mismo lo ha dicho 
aquí en este mismo sitio. 

Rüf. Cuándo? 

Sar. Hace media hora: él mismo ha escrito delante de 
mí una carta disculpándose, y Castellote se ha 
dado por satisfecho» 

RüF. Eso es imposible! (Levantándose.) 

Sar. Cómo imposible! Caballero, esa duda es ofensiva. 

Rüf. Pues yo sostengo que el señor Bertechea es inca- 
paz de volverse atrás. 

Sar. Puesto que usted le conoce, conocerá también su 
letra. Aquí tiene usted su carta, (saca tina de su bol- 
sillo.) No, esta no es: esta es de Castellote para la 
señora de Bertechea. 

Rüf. Es lo mismo: yo se la entregaré. (La toma.) Pero la 
otra, la que usted dice que ha escrito ei marido, 
dónde está? 

Sar. Casi valdría más que no la leyera usted. Parece 
imposible que haya hombre tan cobarde! (Dándole 
la carta.) 

Rüf. Caballero! (Después de haber leído.) Se han burlado 
de usted, señor mió: yo soy don Rufino Bertechea, 
y mire usted el caso que hago de esta carta in- 
digna y humillante. (La hace pedazos.) Diga usted a 
su amigo que estoy siempre á sus órdenes, y que 
dentro de media hora le espero en el sitio que de- 
signe y con las armas que elija. 

Sar. Gracias á Dios que he encontrado un hombre! Me 
alegro; lo digo de todo corazón: me alegro. 

ESCENA XVI. 

DICHOS. LUCIA, puerta deracha. 

Luc. Antes de marcharme quiero hacer á usted entrega 

de las llaves. 
Rüf. Para llavecitas estoy yo. (Tomándolas.) 
Sar. (Qué linda es!) 



— 25 — 

Ruf. Pues tome usted en cambio: ahí tiene usted una 

cartita de su Adonis. 
Luc. Qué es esto? para mí? 
Ruf. El sobre lo dice al menos, y también trae dentro 

alguna cosa; será otro mechoncito de pelo que 

mandará el caballero á su dama. 
Sar. Pelo! no puede ser! La cabeza de Castellote parece 

un queso de bola. 
Ruf. Vamos, señora, no lee usted? 

LüC. (Abre la carta y eae al suelo un guante.) Qué es esto? 

Ruf. Calle, mi guante! (Recogiéndole.) el que le tiré á la 
cara al señor Castellote. Para qué me lo manda? 

Sar. Y para qué lo quiere ya después de haberle utili- 
zado en la consulta? 

Ruf. Qué consulta? 

Luc. Puedes enterarte de esta carta y lo comprenderás. 

Ruf. Yo? 

Luc. Lee alto; ese será el castigo de tus ridiculas sos- 
pechas. 

Rüf. (Leyendo.) «Señora: no habiéndome sido posible, á 
causa de un incidente que deploro, utilizar el rizo 
que usted me ha enviado para que sirviera en la 
consulta con mi sonámbula, he colocado entre las 
manos de ésta un guante del esposo de usted, que 
ha venido á las mias casualmente, y el resultado 
ha sido análogo. La sonámbula ha respondido sa- 
tisfactoriamente. Puede usted lisongearse con la 
idea de que tendrá usted numerosa sucesión mas - 
culina y femenina en su matrimonio. Besa sus 
pies su seguro servidor — Serapio Castellote.» Hija, 
qué quieres que te diga después de esto! Siento 
que des crédito á esas majaderías; pero estoy 
tranquilo respecto á mis sospechas . 

LüO. No mereces perdón, pero soy generosa. 



— 26 — 

ESCENA XVII. 

DICHOS y VENANCIO por el foro, lloriqueando. 

Ven. Ay, señorito de mi alma!... No se lo decia yo á 
usted?... Al fin Gregoria dijo de dónde era. Como 
ustsd se negó á seguirla antes, he ido yo mismo y 
la he visto subir á un coche de punto con un mo- 
zalvete. No he podido sufrir más, y aquí me tiene 
usted hecho un toro , un basilisco. Ya no tengo 
más mujer ni más familia que usted, señorito, á 
quien he conocido hace veinte años, cuando era 
casi un... 

Küf. Venancio, fce perdono de buena gana todo el mal 
que me has hecho con tus cuentos, porque harto 
te castiga la Providencia. 

Ven. Es verdad: usted solo encontró un rizo, pero á mí 
me quedarán las señales mientras viva. • 

SAR. (Poniendo el gorro á Venancio.) El mismo, no Cabe 
duda. Tunante! con que tú te has querido reir de 
mí? (Cogiéndole de una oreja.) 

Ven. Por Dios, señor de Zalagarda, Tremolina, ó lo que 
sea! Esto solo me faltaba! Yo le pido mil perdones 
hincado de rodillas. 

(ai público.) Aprovecho la ocasión, 
ó sea la coyuntura, 
para pediros perdón. 
Señores, por compasión, 
que me duele la cintura. 

FIN. 






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